miércoles, 23 de octubre de 2013

"La maté porque estaba demasiado buena”



 
Janice Unity Mitford Mendoza, tenía 19 años. De padre británico (supuestamente emparentado con el mismísimo Winston Churchill) y madre venezolana. Era joven, bella y orgullosa. Parafraseando a un gran escritor ruso: Su piel era como amasada con leche y rosas. Sus dientes perfectos, como de marfil; ojos grandes y azules como lagos alpinos, que se conjugaban armónicamente con la cascada de su cabello dorado y su cuerpo sinuoso, de donde sobresalían dos poderosas “razones”, tan naturales como su trasero de ninfa mitológica. En suma, “estaba explotada de buena”, como decían más coloquialmente sus compañeros de clase.

Pero ella tenía un lado oscuro. Podía decirse que la crianza recibida, la había hecho caprichosa, cruel y desconsiderada. Trataba a sus amigos como esclavos, a quienes presumía siempre su inmensa fortuna y su belleza. Los hacía gravitar en torno a ella, atándolos en su poderosa influencia. Esa era Janice.

El día que consiguieron su cadáver tenía los sesos fuera, salpicando la almohada, sábanas, paredes y piso de su habitación en la lujosa residencia ubicada en una urbanización exclusiva del norte de Valencia, estado Carabobo.

Cuando llegaron a la escena del crimen, los agentes especiales del Cicpc para casos especiales, Carlos Salinas y Mario Pinto, lo detallaron todo. Determinaron que la mujer había sido apuñalada una y otra vez en el vientre con un delgado objeto punzo penetrante, quizás un picahielo. Advirtieron que la falda del grueso edredón cubría la amplia cama, había sido agarrado con fuerza por la víctima cuando vio que tenía la muerte encima. Eso implicaba que a Janice la habían arrastrado y subido a la fuerza, pues de haberla sorprendido acostada, no habría podido estirar tanto el brazo para tomar con su mano el faldellín de la manta.

Reconstrucción de su muerte

Apagando las luces de la habitación y con la portátil lámpara ultravioleta, los investigadores consiguieron sangre que venía de la cocina. Ahí, alguien había llegado por detrás y pegado brutalmente en la cabeza con la sartén de metal y cerámica que estaba en un rincón fingiendo inocencia.

Según la reconstrucción del hecho, ella no estaba cocinando (no sabía ni usar ese utensilio), solo buscaba algo en la nevera. Había huellas recientes en la manilla y el refrigerador permanecía entreabierto.

La apuñalaron en el vientre en cuatro oportunidades. Cuando se desplomó, aún estaba viva. El asesino, que vestía todo de negro, incluyendo pasamontañas y guantes, enredó el cabello de la víctima en su muñeca y la agarró con toda la fuerza de su mano.

Sin compasión, arrastró a la aterrorizada chica. En ese arrastre, ella fue manoteando por el angosto pasillo camino al cuarto. Pudo agarrar la pata de una mesita de noche que ahora estaba separada de la pared y de donde cayó un florero de cristal que se hizo añicos. También estampó claramente los dedos de sus manos en el piso de parquet. El análisis de esas huellas, indicaba la presencia de grasa de una pizza y pudieron saber que hasta se estaba chupando el dedo cuando fue sorprendida, pues con la grasa de los pepperoni y el queso, estaban los componentes de su lápiz labial.

El asesino la subió a la cama, pero ella antes, agarró la falda de la colcha, tratando de protegerse. El resto… fue un mortal disparo a quemarropa de una escopeta calibre 12 que la mató y le desfiguró el rostro.

Un asesino con “raro contoneo”

Se supo que la chica vivía sola en esa casa. Sus padres siempre andaban de viaje y ella, aparte de un ocasional amante, solo permitía la entrada a “Karla”, su mujer de servicio, quien además, era su compañera de la universidad privada en el municipio San Diego, donde cursaban estudios de comunicación social.

“Karla” era una de las principales sospechosas. Janice la trataba como a una verdadera esclava y se burlaba de su pobreza y su fealdad física. La humillaba en público cada vez que podía. La otra sospechosa, era la bella “Claudia”, la rival a quien Janice le había “tumbado” el novio para regresárselo “usado”. Estas dos mujeres, cada una con sus circunstancias, odiaban profundamente a Janice.

En la casa de Karla, hallaron el arma homicida, que sí resultó ser un punzón. En la de Claudia, encontraron un pañuelo con la sangre de la víctima. Ambas declararon entre llanto que sí odiaban a Janice, pero que no la habían matado.

Eso era cierto. El video de seguridad de la entrada de la casa de Janice, grabó al hombre de negro que la mató. Lo que llamaba la atención, era el “raro contoneo” del asesino.

Buscando entre los allegados a las tres mujeres, encontraron a Ramón López, mejor conocido como “La Lupi”, el peluquero de Janice, Claudia y Karla. Fue descubierto, porque a la mañana siguiente del crimen, visitó a Karla y Claudia y luego se supo que, cuando éstas se descuidaron, dejó “evidencias en sus respectivas casas”.

Tras tomar venganza por todo el tiempo en que Janice se burló de su condición de gay, este sujeto, conociendo la animosidad que también sentían las sospechosas por Janice, decidió inculparlas. En su teléfono consiguieron fotos que tomó al rostro destrozado de Janice y las guardó como un macabro trofeo. En su declaración, dijo: “Odiaba a la bicha esa, se burlaba de mi recordando que nunca podría ser mujer ¡y menos como ella!... la maté porque estaba demasiado buena”. Caso resuelto.

Fuente: Notitarde
 
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